El celular en una mano y la bolsa en la otra, como puedo entro al carro. Un pintalabios que solo dios sabe cuanto tiempo lleva en el sillón del copiloto me salva de verme recién despegada de las sabanas. Manejo como que mil demonios vienen por mi —ya me acostumbré—. Me parqueo, subo las gradas corriendo; no faltan los hombres que voltean a chequearme y yo no puedo hacer nada mas que seguir como si nada. Me abren la puerta, hago el cordial saludo que todos conocemos y me siento. Tecleo sin cesar, llamo sin parar; yo solo quiero un café. El reloj marca las 12:34 pero en realidad son las 11:34. Todavía falta. Ciento ochenta minutos escuchando una y otra vez melodías del viejo oeste y ya es justo que me entre la movedera del pie. Mi instinto de supervivencia me ruega por poner a andar mi reproductor y entonces Gabielle Aplin me jode los pensamientos. Ya es hora pero la brisa está sabrosa y dos minutos mas evitarían que me viera como albañil —vulgarmente hablando—; Si, todos ganamos, o al menos eso es lo que me gusta pensar. El mecanismo hasta llegar de vuelta al carro es prácticamente el mismo. El cabello de colores al aire, las fotografías y el volcán, siempre ahí. Ya es tarde, otra vez.