miércoles, 27 de agosto de 2014

Un Cuento Muy Corto

Nos volvía a mentir, cada palabra tenía sabor a culpa. Era de esos sabores que al principio son amargos pero que al final logras tragar, y pensás que el siguiente trago ya no va a ser tan malo pero siempre es peor, uno tras otro, sabe peor. Paty decía que había sido un error, que no sabía que estaba haciendo. Yo pienso que todo el tiempo lo supo, uno no deja que le salgan flores del cuerpo solo porque sí. Conforme la noche iba pasando sus excusas se volvían más irracionales; que se tragó las pepitas de la limonada, que la vecina no le daba de comer a los conejos y por eso armaron una revolución, que todo era una conspiración en su contra. Yo creo que ella lo quería todo el tiempo. Y es que esa obsesión suya de querer ser admirada no me deja no pensar que todo fue a propósito. Cuando Lorena entró a la casa lo primero que comentó fue ese putrefacto olor a flores que se sentía desde afuera. Nadie la veía a los ojos, mucho menos Paty con ese par de begonias que le salían del cuello. Nadie tuvo que decir nada, Lorena se dio cuenta de lo que pasaba, los ojos se le llenaron de lágrimas, lagrimas de enojo y de tristeza. No sabía porqué Paty quería dejarnos porque al final de cuentas las flores mueren más rápido que los humanos, y siempre había pensado que le había sacado esa loca idea de la cabeza de querer la gloria de la belleza, una belleza fugaz pero para alguien que no había sido muy favorecida con el típico encanto superficial que tanto gusta a los humanos, he de suponer que a fin de cuentas haría cualquier cosa con tal de obtenerla. Ya nada podríamos hacer, Paty se iba y nosotros solo queríamos retener su imagen una última vez, o por lo menos su olor. Finalmente la mañana llegó y lo inevitable sucedió; cuando abrimos los ojos nos dimos cuenta, ahora teníamos un jardín en la sala.